martes 26 de octubre de 2010

Los traicionados


Estaba ahí parado, sonriente y con esos ojos que hablaban tan bien como la boca. Siempre me enamoraron más las palabras que decía con los ojos que las palabras con que también seducía con la voz o la lapicera.

La luz del palier era tenue y tenía una cualidad amarilla que daba una sensación de irrealidad. Él se había dejado el bigote, estaba algo más gordo y más buen mozo. O tal vez era el efecto de la luz. Era tan alto que para abrazarlo le pasé los brazos por la cintura. No me atreví a echárselos al cuello: ese hubiera sido un abrazo equívoco y el beso fue casto como la situación requería. El cerró los brazos por detrás de mi espalda sin acercarme demasiado a su pecho. Estábamos amarillos y tímidos, lo no dicho y los gestos no hechos nos rodeaban como una neblina que difuminaba nuestros propios contornos.
Yo había llegado al país de visita después de seis años. Lo llamé recién dos días antes de cruzar otra vez el Atlántico. Todo parecía urgente aquel diciembre, había tan poco tiempo y tanta gente para ver, gente del pasado en este continente que llegaba con reclamos y demandas, chocolates y recuerdos y regalos para Maite. Y yo lo había dilatado y ahora, en el palier, mientras no decía lo dicho tantas veces y no hacía lo hecho tantas veces, me daba cuenta de que lo había dejado para el final porque era la persona que más quería ver en esta tierra, era el dueño del pasado enredado en las veredas anchas de Montevideo, en el aire con ese olor mezclado de jazmín y de mar, en la rambla y en las plazas, en las calles y las casas por donde yo había andado en la adolescencia.
Lo hice pasar al apartamento de mis padres. Habíamos quedado en salir a algún boliche y entonces apareció Maite en el living. Lo miró como si hubiera visto a un gigante bueno de algún cuento de los que yo le inventaba a la hora de dormir y le dedicó la más simpática de las sonrisas, que eran muchas y de todos los colores.
—Hola —dijo ella con el lenguaje de adulta que sabía usar al año y medio—. ¿Cómo te llamás?
—Juan Garrido, ¿y tú? —No dijo Juan, dijo Juan Garrido, igual que yo en el palier. Decirle Juan Garrido tenía un significado especial. Él había sido compañero de clase de mi hermano Juan y por la coincidencia de nombres en casa le habían dicho siempre Juan Garrido. Todas las veces que fuimos novios yo le decía Juan Garrido, y todas las veces que fuimos sólo amigos y las que fuimos enemigos —al menos cuando las palabras que él decía con los ojos eran de odio, o de despecho o de amor contrariado— le decía sólo Juan. Ahora había sorpresa en los ojos de él:
—¿Esta cosa es tuya? —preguntó.
Maite le dijo el nombre mientras se daba una vuelta de carnero en el sillón y le plantaba los zapatos diminutos en el saco que él acababa de dejar en el respaldo.
—Sí —contesté, con orgullo de madre y un resabio de vergüenza, porque en ese momento sentí que al haber tenido un hijo con otro lo había traicionado doblemente.
—Yo tengo uno igual —dijo Juan Garrido. Agarró a Maite por los pies, la levantó como el gigante de cuento que era, la giró en el aire con la habilidad de un malabarista, le dio un beso en la frente y la depositó en el suelo—. ¿No tiene fiebre?
—Ahora le bajó bastante. Hace un rato tenía casi cuarenta. Es que esta mañana se rompió la lavadora y se inundó la terraza de la cocina. Estuvimos como media hora con las patas en el agua sacándola con baldes. No me di cuenta de que estaba tan fresco porque fue divertido. Pero nos congelamos.
—¿No llamaste al médico?
—Recién llamé a mi tío el pediatra. Me dijo que le bajara la fiebre y esperara hasta mañana para llevársela si seguía igual. Voy a avisarle a mamá que me voy.
Mamá vino a saludarlo. Juan Garrido había sido un visitante habitual en casa. Me llevó a un boliche cercano. Hacía calor. Tomamos cerveza y comimos unos sándwiches calientes. Nos contamos las cosas más triviales. Se había casado, tenía un hijo, acababa de terminar la licenciatura en Filosofía.
—¿Filosofía? Pero si estudiabas Letras.
—Bueno, pero cuando volví de Brasil empecé Filosofía. Igual ya había perdido el año.
Hacía seis años, tal vez siete. Estábamos en nuestro noviazgo más serio. Ya no éramos adolescentes, yo tenía veinte y él veintidós. El clima represivo se entretejía cada vez más con la vida cotidiana. Juan Garrido tuvo que salir del país de un día para el otro. Si me hubiera propuesto irme con él, lo habría hecho. En lugar de eso, quedamos en que si él no podía volver para fin de año, yo me iría a vivir con él a San Pablo. Ya no me dijo más palabras con los ojos, con la boca. Las cartas llegaban por extraños caminos clandestinos, llenas de palabras dichas con el lápiz en la mano. Lo extrañaba, pero la vida seguía, eran tiempos turbulentos, intensos, que no podían compartirse en unas hojas de papel de avión.
Gerardo era de carne y hueso. Los ojos de Gerardo eran lo opuesto a los de Juan. Enigmáticos. Hablaban, pero yo nunca estaba segura de las palabras que decían. Esas palabras oscilaban entre la fortaleza y el desvalimiento, la seguridad y la vacilación. Sólo el amor era una certidumbre. Esas palabras que no lograba descifrar también me enamoraron, o tal vez no fueron las palabras, sino la carne y el hueso, la presencia cercana, la urgencia de los tiempos. A los seis meses de conocernos nos casamos y nos fuimos a vivir a Suecia. Mis viejos les mandaron una participación de casamiento a los de Juan. Yo le escribí una carta con palabras de culpa y de congoja. Recibí otra de dolor y enojo.
Ahora estábamos en un boliche y aquellas cartas nos envolvían con todas las palabras que habíamos dicho y todas las que quedaron sin decir cuando él vivía en San Pablo y yo lo traicioné. Hablábamos con otras palabras de cosas que no nos importaban tanto, pero la presencia de las verdaderas era tan tangible. Y otra vez había otras urgencias porque Maite había tenido esa tarde casi cuarenta grados de fiebre y yo no debía haberla dejado con mi madre, no debía haberme ido a un boliche con un ex novio. Eso lo sabíamos Juan Garrido y yo, y por eso terminamos en menos de dos horas nuestra charla de boliche y me llevó a casa, a la de mis viejos. Estacionó el auto y la calle estaba oscura. Los árboles se movían con fuerza con el viento que aquella noche arreció de repente.
—No contestaste mi última carta —dijo y los ojos llenos de palabras se clavaron en los míos, que estaban llenos de vergüenza y de un amor sin un final más claro, concreto, palpable, que unas hojas de papel de avión.
—No pude. Estabas clandestino. Tus amigos no me contactaron más.
Sonrió.
—¿Cómo estará Maite? —preguntó.
—Espero que no le haya vuelto a subir la fiebre. En realidad tengo que subir a verla.
En el auto las palabras que no decíamos se habían hecho tan densas que en cualquier momento amenazaban con precipitarse sobre nosotros. Otra vez un beso casto y un intercambio de direcciones que jamás usaríamos porque eran de casas donde vivíamos con otros, con aquellos con quienes nos habíamos traicionado. Los besos verdaderos, los abrazos y las lágrimas que no llegaron a nacer se quedaron flotando en aquel mar de palabras nonatas que había sustituido al aire en el auto de Juan Garrido.
Aquel no fue un final, como no lo había sido el de seis o siete años antes. Fue apenas el preludio del siguiente encuentro que ocurrió siglos después. Entonces ya no éramos tan jóvenes ni fuimos tan tímidos y los traicionados fueron los otros. Juan Garrido y yo recuperamos la fidelidad que no nos tuvimos ni nos volvimos a tener desde ese día.

4 comentarios:

Pablo M. dijo...

Está tan pero tan bien pintado el tema que asusta. ¿A ésto lo vió el Sr. F?

Es un relato acerca de los finales no suficientemente claros, de la presencia a través de la ausencia y hasta de una especie de reversibilidad del tiempo. Es que el párrafo final es de antología.

A ver... Aún no he leído todos los posts del blog pero para mí es el mejor de tus cuentos. Y lo mejor es que no sé porqué. O sí...

Guillermo dijo...

Muy buen cuento Gloria. Pasaré más a menudo a leer por aquí.

Saludos
Guillermo

Gloria Algorta dijo...

Amigos, miles de gracias. Realmente es un gusto tenerlos por aquí. ¿Un cafecito?

Página de Sara Barreira dijo...

Quedé atrapada por lo que magistralmente no decís. Contundente final, Gloria, excelente cuento!