sábado 18 de diciembre de 2010

Cuento de Navidad

Fue la consigna de la última sesión del taller de escritura de este año. Se llama Los Indiecitos y es un cuento de Navidad sin ningún espíritu navideño. Me gusta porque, como me dijo Rosario Peyrou, no se permite ningún lugar común y es implacable. No hace concesiones ni a la situación ni a los personajes. En realidad, no es más que una crítica social. Tampoco menos.
     
            Nadie me avisó que los indiecitos estaban invitados a la cena de Nochebuena.
Llegamos a la casa de mis viejos antes que nadie, porque toda la familia se había ido a la misa de gallo. Apenas tuvimos tiempo de poner los regalos en el árbol cuando empezaron a subir, en unos cuantos turnos de los dos ascensores. Era una Nochebuena concurrida, habían venido los hermanos que viven en Venezuela y Argentina, estábamos casi completos. Y en uno de los viajes del ascensor aparecieron ellos, los indiecitos, tímidos y como sapos de otro pozo, vestidos con ropa nueva de pies a cabeza.
Fue en los primeros años de este siglo, no sé si ya había estallado la crisis o estaba todavía en plena gestación. Lo que sé es que mi viejo se los encontró en los alrededores del shopping, una tarde invernal de lluvia y viento, debajo de un toldo colgado como tienda de campaña de una rama baja de un árbol. Creo que en aquel tiempo no estaba construido todavía el World Trade Center. En cualquier caso, aun existían descampados en la zona. Ellos eran cinco: la mujer con tres hijas de entre seis y diez años, y el compañero de ella. Aunque yo sabía que eran jóvenes, parecían no tener una edad definida, como si la edad fuera otro derecho humano que se habían perdido, igual que la educación, la vivienda o el trabajo. Esto pensé yo cuando los vi, no fueron las palabras de mi viejo.
Había contado mi padre que los vio ajustando las cuerdas de esa carpa precaria y se acercó a preguntarles de dónde eran. De Artigas, le dijeron. Y por qué se vinieron. Por hambre. Y cuando él repetía lo que el tipo dijo, ponía grandes los ojos humedecidos y dejaba la boca abierta, como si quisiera transmitir la expresión desesperada del hombre que se vino a Montevideo para huir del hambre o no pudiera concebir el desamparo de esa gente refugiada debajo de un árbol, a cinco cuadras del espléndido apartamento, de la losa radiante y los doscientos cincuenta metros cuadrados en que vivían sólo él, mi madre y la empleada.
Mi viejo empezó a llevarles comida todos los días, conoció a otros vecinos que también los ayudaban, integró a un viejo amigo en una especie de comité de ayuda y al final, entre tres o cuatro, les compraron una casa en un asentamiento por una suma irrisoria para ser una casa de material. Además fueron a las ventas económicas de los sábados en Emaús y les equiparon la casa con lo básico. Se pasaron en eso lo que quedaba del invierno y toda la primavera. Lograron inscribir a las nenas en una escuela de tiempo completo, donde recibían desayuno y almuerzo, y completar algunos trámites como sacarles la cédula y vacunarlas. La mudanza se concretó pocos días antes de Navidad y me acuerdo de lo contento que estaba mi viejo, que fue quien los bautizó como “los indiecitos”. Sólo faltaba comprarles una máquina de coser a ella y una de cortar pasto a él, y parecía que podrían conseguirles una que otra changa para que salieran adelante.
Yo sabía toda la historia, pero nunca me imaginé que los invitaran a la casa. No me convencía la forma en que mi viejo manejaba el asunto, me parecía que tenía que encauzar el problema por vías más institucionales. Papá actuaba con generosidad y la situación era una emergencia y, sin embargo, todo en él se volvía en cierto modo desmedido, como si intentara borrar la miseria del mapa con una buena acción cristiana que redimiera la fiesta liberal de los noventa. Y cualquier “pero” que yo pusiera nos llevaba, inevitablemente, a enzarzarnos en discusiones políticas porque, al fin y al cabo, el país estaba como estaba por culpa, entre otras cosas, de los gobiernos que él votaba.
Los habían llevado a misa. Era obvia la ascendencia indígena de la mujer. A primera vista parecía sacada directamente de una misión jesuítica, aunque bien mirada, tenía también rasgos africanos. Él era mulato y las niñas, que no eran suyas, aparentaban ser más mulatas que guaraníes. Se sentaron los cinco en el sillón grande y mi vieja repartió, como siempre, los papeles con la letra de “Noche de Paz”. Como siempre, cantamos para dejarla contenta. De esa manera ella se sale con la suya (“esta es una celebración religiosa”) y los demás podemos disfrutar después de la fiesta en paz.
Cuando nuestros hijos eran chicos, enseguida después del villancico se abrían los regalos para que los niños también nos dejaran en paz. Ahora nuestros niños se habían convertido en adolescentes, ya nadie creía en Papá Noel, y hacía unos años que abríamos los regalos antes de los postres, después de los brindis y de salir al balcón a ver los fuegos artificiales de la medianoche. Pero había vuelto a haber niños: las tres indiecitas miraban sin disimulo las puertas corredizas del comedor, como si tuvieran un sexto sentido para saber que allí estaba el árbol. No aquel árbol de la rama baja donde se refugiaron al llegar a Montevideo, sino un árbol de navidad lleno de chirimbolos y algodones, comprado en un centro comercial de Washington y traído en un contenedor repleto de muebles y electrodomésticos, cuando mi viejo se jubiló de su trabajo en un organismo internacional.
—¿De quién fue la idea? —le susurré a mi hermana Laura.
—Esta mañana se le ocurrió a papá. Se pasó el día en la vuelta de comprarles ropa y regalos. A mamá no le hace ninguna gracia, pero el espíritu navideño no la deja poner el grito en el cielo.
—Es que es de locos —dije. Después subí la voz y agregué: —Mamá, ¿no habrá llegado ya Papá Noel?
Mamá me miró enojada, como si tuviera planificada otra cosa. Yo seguí:
—¿Te acordás de que Papá Noel va primero a las casas donde hay niños?
—Es cierto —apoyaron mis hermanos.
—Puede ser —creo que mamá había cedido tanto ese día que los límites se le aflojaron como elásticos vencidos. Ella misma era un elástico vencido. Recuperó la autoridad, al menos la aparente, y dijo: —Jennifer, ¿por qué no vas al comedor a ver si ya pasó Papá Noel?
Jennifer era la menor de las indiecitas, pero se levantaron las tres de un salto y se empujaron para entrar al comedor por la puerta que mi vieja estaba abriendo. Todos nos paramos y fuimos a ver. Siempre me gustó ver el árbol, al lado de la mesa puesta, rodeado de montañas de regalos. Mi viejo tenía los ojos llenos de lágrimas. Con los años se había reblandecido y se emocionaba con facilidad. Los artiguenses adultos se acercaron porque los fuimos animando y cediendo lugares. Él estaba maravillado. Ella, en cambio, tenía una cara más inmutable, inexpresiva. Jennifer no sabía leer, pero entre las dos hermanas mayores fueron encontrando los nombres en los paquetes y repartiendo los regalos. Esta es la parte en que los “qué lindo” y “qué bien me viene” y “muchas gracias” se atropellan en el aire y el suelo queda lleno de papeles coloridos y cintas brillantes. Laura, con un sombrero de paja en la cabeza y el corpiño de un bikini colgándole del cuello como un collar, ayudaba a Jennifer a abrir el segundo y último regalo. Las tres nenas, cada una con su botín, fueron a abrazar a mi viejo, como si supieran de sobra quién era Papá Noel para ellas esa noche. Walter y Yolanda tenían una remera Hering cada uno.
Después trajimos el copetín y las bebidas, llenamos la mesa del comedor con las fuentes de platos fríos que entre todos habíamos traído, cenamos cada uno donde pudo y nos aflojamos lo suficiente como para conversar entre nosotros sin estar todo el tiempo pendientes de los indiecitos. De una forma instintiva nos turnábamos para atenderlos y hacer el intento de tener una conversación imposible. Veníamos de planetas diferentes. Yo me decía que tenía que haber formas de comunicación, que pertenecíamos a la misma especie, que debían de existir caminos para llegar a ellos que no lográbamos encontrar.
Por otra parte, nosotros, los hermanos y cuñados y sobrinos, nos veíamos tan poco, teníamos tanto para contarnos y tantas cosas en común, aunque viviéramos a miles de kilómetros de distancia. Había mensajes que cruzaban el ciberespacio durante el año, con fotos, recomendaciones de libros y películas, problemas de nuestros hijos, comentarios de nuestros trabajos. Nuestros, nuestros, nuestros, el posesivo delataba un “nosotros” que los excluía y aunque intentáramos y nos hubiera gustado que las cosas fueran diferentes, así eran. Ellos contestaban con monosílabos, no debían de entender casi nada de lo que decíamos y nosotros apenas entendíamos el portuñol cerrado de la frontera.
Las niñas sí se comunicaban. Habían escuchado con docilidad la explicación del pesebre, donde el niño Jesús aparecía recién esa noche y los Reyes Magos llegaban el seis de enero. El pesebre debió parecerles un hotel cinco estrellas. Después se soltaron y pedían más coca-cola, las acompañábamos al baño y les enseñábamos a tirar la cadena y a lavarse las manos. Se reían de todo, el lavavajillas les parecía tan insólito como el microondas o la cafetera o la misma mesa con el mantel blanco y los platos de porcelana inglesa, igual de inalcanzables que la loza Olmos o cualquier juego barato de vajilla hecha en China. Se habían metido dentro de un cuento de hadas y nosotros éramos las princesas con nuestros príncipes e infantes, una corte completa, con el rey y la reina.
Y así fue toda la noche, los fuegos artificiales, los brindis con champagne y turrones españoles y todavía faltaban los postres y entonces, cuando ya no dábamos más, mi cuñada venezolana puso la música. Yo fui a terminar de poner los platos en el lavavajillas y cuando volví de la cocina con Laura, todo había cambiado. Habían corrido los muebles y los venezolanos (mi hermano, la mujer y los hijos) se convirtieron en instructores de una academia de baile. Era el meneíto, tenía una coreografía estricta y la gracia, bueno, la gracia la ponía cada uno. Y mis viejos, sentados, se reían, y Walter y Yolanda, sentados con ellos en el sillón grande, sonreían. Se acercaron otra botella de vino y ya se servían sin timidez.
Las niñas aprendían con nosotros, el meneíto, el meneíto, y todos hacia un lado, deslizarse sin levantar apenas los pies y balancear las caderas, el giro, y todos hacia el otro lado. Cada vez lo hacíamos mejor, nos equivocábamos menos. Y de repente Walter y Yolanda se pararon, se pusieron en la punta de una de las filas y el meneíto, el meneíto, y todos hacia un lado, deslizarse sin levantar apenas los pies y balancear las caderas, el giro, y todos hacia el otro lado. Parecía que hubieran nacido bailando el meneíto, Yolanda mutó de guaraní a mulata del Caribe, Walter también. Qué gracia, Dios mío, qué forma de menearse sin vergüenza, qué audacia, qué desparpajo, qué sensualidad ponían en el baile. Y nos fuimos quedando quietos para mirarlos, mientras la música sonaba y ellos se convertían en el centro de un círculo que intentaba moverse con una pizca de esa gracia, de esa especie de don, de ese algo imposible de aprender o de enseñar. Y quedaron los cinco indiecitos en ese planeta musical y nosotros excluidos, sin poder entrar, sin saber cómo había pasado. Nos sentíamos bien, era bueno que hubieran encontrado un planeta y que a nosotros nos gustara, era como si el cuento de hadas hubiera cambiado, ahora ellos eran el cuento, nosotros los que los mirábamos maravillados. Y en eso estábamos cuando hice un esfuerzo para salir del hechizo y mirar a mis viejos. La cara de mamá era de abierta desaprobación. La de papá, de desconcierto o sorpresa o decepción o todo eso y tal vez mucho más.
Y de golpe, se acabó la música. Mi viejo se había acercado al equipo y puso un disco cualquiera, no me acuerdo. Puso rock, o quién sabe, quizás un tango o folklore. Y supimos que era hora de buscar cada uno los regalos, las carteras, los abrigos de verano. Mi hermano lo acompañó a llevarlos hasta la entrada del asentamiento. Había que devolverlos a su ambiente, no se fueran a creer que lo entrevisto era para ellos.
Después supimos lo que pasó esa noche, mientras se escaparon un rato de ese mundo, que también resultó no ser suyo ni un poquito. De la casa nueva sólo quedaban cenizas. En cada universo ajeno hay reglas que desconocemos y ni mi viejo, ni nosotros, ni los propios indiecitos conocíamos las reglas del asentamiento. Nadie parecía saber nada del incendio y Walter y Yolanda y las niñas miraban, impotentes y azorados, los escombros de la casa que había sido de ellos unos días.  Recién cuando el sol iluminó los colchones y los muebles y las pocas cosas calcinadas, los bloques humeantes todavía y el techo a medias derrumbado, un viejo borracho se fue de boca. Fueron los vecinos, les dijo, le dijo a Walter, el hombre de la familia. Decile a tu amigo del auto verde que te compre otra casa. Aquí no podés quedarte sin pedir antes permiso. Aquí a los compañeros no les gustan los protegidos, no les gustan los que tienen amigos ricos. No podés vivir donde se te antoja.
Hay gente que parece no tener lugar en el planeta Tierra. Ojalá hubiera mundos musicales donde pudieran quedarse bailando el meneíto, que fueran perdurables y verdaderos como este mundo real que no es posible no es posible no es posible.

1 comentarios:

Pablo M. dijo...

¡Esto sí que es un cuento navideño!

En general, quiero decir que el final del relato redondea una crítica social realmente muy completa.

Ahora bien, lo que más me ha impactado es esa reflexión de la narradora-protagonista:
"Yo me decía que tenía que haber formas de comunicación, que pertenecíamos a la misma especie, que debían de existir caminos para llegar a ellos que no lográbamos encontrar."
Si hasta me ha hecho pensar en cuán cubierta de baratijas estará lo que podríamos llamar nuestra "humanidad" como para generar semejante pobreza de comunicación.