Siempre
tuve una afinidad especial con mi hermana María. Estos últimos tiempos ha
estado medio bajoneada: el marido gana poca plata y hace un par de años a ella
la despidieron de una empresa en donde ganaba un buen sueldo y llevaba una vida
metiendo huevo, como quien dice, tenía la camiseta puesta. La empresa era de la
mujer de Pablo Fernández, un amigo mío de la adolescencia, un buen tipo a
quien, sin embargo, ahora no veo casi nunca.
El
caso es que el otro día se casó un pariente. María no se da mucho con los
primos y no tenía ninguna intención de ir hasta que yo la convencí de que tenía
que salir y ver gente o iba terminar convertida en un bicho, y de que tampoco
era cuestión de quedar mal con los que, al fin y al cabo, tiene la amabilidad
de invitarte a un fiesta que puede resultar muy divertida.
Anduvo
en vueltas con Carmen, mi mujer, en busca de ropa adecuada, dejó al marido, que
no es muy sociable que digamos, en la casa, y yo me fui al casorio de lo más
contento, con mis dos mujeres espléndidas, una morocha y una rubia, como para
la foto de Galería.
A
mí me encanta ver a los primos de vez en cuando y enterarme de las novedades de
la familia. Además son muy simpáticos, así que lo estaba pasando de lo más bien
cuando apareció nada menos que Danny Barnechea, otro viejo compañero de liceo
que andaba por picar con una compra millonaria de trilladoras. Él es socio de
un escritorio que administra más de sesenta mil hectáreas de campo y yo importo
maquinaria agrícola. Resultó ser amigo de los padres de la novia y nos pusimos
a hablar muy distendidos. Entonces vi a Carmen y a María que estaban por ahí y
les hice una seña para que se acercaran; siempre es bueno presentar a la
familia, sobre todo si es tan presentable, a un posible cliente. Les presenté a
Danny, y María se puso a hablar con él enseguida porque ya lo conocía por
teléfono; parece que era cliente de su antiguo trabajo. Todo iba de maravilla,
hasta que empecé a sentirme un poco incómodo. Entre Danny y María había un
feeling de esos que envuelve a las personas y las ilumina, no me pasa muy a
menudo, pero a veces percibo esas cosas, y los dos desplegaban un encanto
increíble. Pero María es casada y no me parecía bien que coqueteara de esa
manera delante de todo el mundo, aunque fuera con Danny Barnechea, a quien ya
me gustaría tener en mi cartera de clientes.
Y
entonces aparecieron mi amigo Pablo Fernández y Amalia, la mujer, es decir la
ex jefa de mi hermana. María estaba de espaldas y no los vio venir y, por lo
que pasó después, no sé si ellos se hubieran acercado de haberla reconocido a
tiempo.
Se
besaron, pero la cara de María se transfiguró y me di cuenta de que buscaba la
forma de zafar, mientras Amalia, que es medio naba, le empezó a hablar: cuánto
hace que no nos vemos, qué flaca que estás, estás bárbara, etcétera. Y María:
sí, bajé veinte kilos en un año, ¿te parece que estoy bárbara?, dicho con la
ironía que yo le conozco y, sin embargo, Amalia no se daba cuenta de nada y
seguía como si fueran íntimas. Supongo que dos mujeres de la misma edad que compartieron
veinte años de oficina tienen bastante tema, pero yo sé que María es de armas
tomar y me atoré y empecé a toser, como siempre que me pongo nervioso.
—Sí,
estás increíble, ¿te mataste a dieta?
—No,
me despidieron del laburo y después de los cincuenta, viste cómo es ¿no? No
encontrás nada—. María disfrutó de la respuesta, le brillaron los ojos, miró
con complicidad a Danny Barnechea y se tomó de un trago el vaso de whisky.
Yo
casi me ahogué y Amalia se quedó helada, como todos los demás, con la excepción
de Danny, que parecía divertirse con la situación. Carmen me miró aterrada y
Pablo Fernández quiso aliviar la tensión:
—Bueno,
entonces el despido tuvo su lado bueno, porque estás mucho mejor que antes.
—¿Mejor
que antes? Yo no tenía ninguna obsesión con la flacura, como Amalia, que se
pasa a dieta y haciendo gimnasia en el Club de Golf, en vez de gerenciar la
empresa como Dios manda. Y de paso te mete los cuernos, supongo que lo sabrás
porque lo comenta medio Montevideo. Yo ahora echo de menos ser gordita y tener
menos arrugas. Y no estoy mejor que antes. Es más, estoy tan mal que no salgo
de mi casa si no es imprescindible. Hoy pude venir y parecer normal gracias a
los ansiolíticos, los antidepresivos, dos años de terapia, un médico chino que
me alivia las contracturas, la insistencia de mi hermano y un esfuerzo
indescriptible. Los pocos ahorros que me quedan me los estoy gastando en salud
para no cortarme las venas. Debería pasarle la cuenta a Amalia, la verdad.
Pasó
un mozo con bebidas y María, sin dejar de hablar, cambió el vaso vacío y se
dirigió a Amalia:
—¿Sabés
qué? Un despido a mi edad es como si te atropellara un auto. No sabés cómo
entiendo a esos sicópatas que aparecen en sus ex laburos con una ametralladora
y se hacen una fiesta masacrando a sus ex jefes y sus ex compañeros. Lo he
pensado, no creas que no.
—Ya
veo que seguís tan guerrera como siempre —dijo Amalia, con el vaso y la voz
tintineantes, no sé si de cola de paja o de indignación o de las dos cosas.
Pablo
estaba pálido y miraba a su mujer y a mi hermana, perplejo.
A
María se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no titubeó:
—No.
Lamentablemente, de guerrera no me queda nada. No aguanto más tanta tensión. Si
me disculpan, me voy, y si no me disculpan, también.
Se
dio media vuelta y se perdió de vista entre las mesas donde ni siquiera
habíamos tenido tiempo de sentarnos. Siguió un silencio larguísimo. Después
Amalia dijo:
—Está
más loca que una cabra —y la rabia le enronqueció la voz.
—Sí
—dije yo, también ronco por la tos—. Les pido disculpas. Estoy tan horrorizado
como ustedes, nunca pensé que fuera capaz de ser tan grosera.
—Grosera
y mentirosa —agregó Amalia, que no paraba de jugar con las piedras del collar.
Danny
había perdido algo de su aspecto divertido y dijo:
—Voy
a ver cómo está. Con permiso.
—No,
Danny, dejala. Que vaya Carmen que la conoce mejor y se entienden bien —yo no
podía permitir que justo él se pusiera a arreglar los entuertos de mi hermana—.
Por favor discúlpenme —repetí.
Carmen
me miró con una expresión que no entendí, pero salió atrás de María.
Después
el grupo se disgregó rápidamente, yo volví con mis primos, pasó un buen rato
antes de que reaparecieran mi mujer y mi hermana, y nos fuimos del casorio en
cuanto pudimos borrarnos sin llamar la atención.
En
cuanto nos subimos al auto grité hacia el asiento de atrás:
—Nena,
¿sos tarada? ¿Cómo se te ocurre armar un despelote así? En mi vida vi nada más
desubicado y mala leche.
—Prefiero
no hablar ahora —María recostó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Estaba
un poco borracha.
Le
dije que no era quién para decidir cuándo hablar, que me había ofendido, a mí y
a mis amigos, que me daba vergüenza tener una hermana como ella. De repente,
Carmen empezó a hacer ruiditos. Se estaba aguantando la risa. Insólito.
Paré
el auto.
—¿Se
puede saber de qué te reís?
La
respuesta fue un ataque de risa desembozado, al que enseguida se unió María.
Las mujeres son realmente insoportables, además de sorprendentes. Furioso,
arranqué el auto otra vez y las oí reírse un buen rato. Después, Carmen dijo
algo ininteligible y, entre risas, agregó:
—Estuvo
espectacular. ¿Vos viste la cara de Pablo?— Claro, como nunca lo bancó…
—¿Te
das cuenta de que le dijo delante de todo el mundo que Amalia le metía los
cuernos?
—Lo
mejor fue lo de la ametralladora —se rió Carmen, provocando nuevas carcajadas.
—Pero…
¿son idiotas las dos? —yo no lo podía creer, las hubiera matado—. ¡Y encima
delante de Danny Barnechea!
—¿Y
qué? —dijo María, atrás—. Danny Barnechea se divirtió como loco—. Suspiró y agregó—:
Qué tipo encantador.
El
suspiro me pareció el colmo y decidí que era imposible hablar con esas dos
locas mamadas. Así que decidí callarme, dejé a María en la casa y me fui con
Carmen a dormir, re caliente y sin decir ni mu.
* * *
El
domingo Carmen y yo discutimos. Carmen es psicóloga y no tiene idea de la
importancia de las relaciones personales en la vida de las empresas, quiso
darme cátedra sobre los efectos del desempleo y justificar a mi hermana, pero
no me convenció de nada, ni yo a ella. Todo lo que dije le parecía “un rollo
empresarial”.
—¿Alguna
vez hablaste en serio con tu hermana sobre su desempleo? —preguntó, untando
queso crema a una tostada.
—Más
o menos, qué se yo.
—Está
muy quemada. Mirá: como cualquier persona positiva, María tuvo sentimientos
encontrados cuando Amalia la despidió. Por un lado se sintió traicionada, nunca
hubiera esperado que la dejara en banda de un día para otro y la sustituyera
por una profesional con la mitad de años y por un tercio de su sueldo. Dice que
las buenas personas, antes que ser empresarias, son buenas personas—. Me serví
una segunda taza de café, dispuesto a escuchar la cháchara de mi mujer, con tal
de que no me jodiera el domingo. —También la traicionaron sus compañeros: nadie
se animó a decir nada por miedo a ser el siguiente. Por otro lado, a María se
le abrió un mundo lleno de posibilidades y de libertad para hacer lo que
quisiera. Entre la indemnización y el seguro de paro tenía un buen tiempo para
resolver el problema económico, así que no se preocupó por eso. Vio la
oportunidad de dedicarse a algo que le gustara más, pensó en hacer cine,
ilustrar libros para niños, un montón de cosas súper creativas. Y tenía tiempo
para salir a caminar por la rambla, escuchar música, leer, visitar a los hijos,
salir con las amigas, ir al cine. Como ves, utilizando tu “rollo empresarial”,
al principio transformó los problemas en oportunidades. ¿Y sabés qué le pasó?
—¿Qué
le pasó? —pregunté, resignado.
—Algo
parecido a los presos que sufrieron períodos largos de encierro. He tratado a
muchos en el consultorio y, en general, tienden a buscar espacios cerrados,
sufren de agorafobia, y tomar decisiones les resulta increíblemente difícil.
Cuando recuperan la libertad, les cuesta reaprender a usarla.
—¿Y
eso qué tiene que ver? —Yo escuchaba a medias y no entendí a cuento de qué
venían los presos y la agorafobia.
—Muchísimo
—siguió Carmen, sin inmutarse—. María no sabía administrar el tiempo libre.
Hacía mil cosas, terminaba el día agotada y de noche se daba cuenta de que en
realidad no había hecho nada. Dejaba todo sin terminar, no sabía vivir sin que
alguien externo le impusiera horarios. Se dejó enrollar por las tareas
domésticas, y al tiempo se empezó a embichar, como todos los desempleados. La
autoestima se les viene al piso, se sienten fuera del mundo porque están fuera
del mundo y entonces empiezan a no querer salir, detrás de la puerta todo les
parece ajeno y hasta hostil. Dejan de ver a los amigos, porque los amigos viven
en ese mundo que van olvidando cómo funciona, hablar por teléfono les cuesta un
esfuerzo brutal. María me contaba que a veces, a las seis de la tarde, se daba
cuenta de que no había hablado con nadie.
—Se
deprimió, en resumen —le dije, como para demostrarle que no me estaba contando
nada que yo no supiera.
—Sí,
pero con la variante de que no es una tipa depresiva. Más bien siempre fue todo
lo contrario. Es decir que agregás otro cambio a todos los demás. A una edad en
que uno no tiene ganas ni capacidad para cambiar demasiado.
—¿Y
qué me decís de Pablo y Amalia?
—¡Uh!
No quiero ni imaginarme el despelote que deben de tener este momento. Pero
bueno, eso no es culpa de María. En Montevideo, tarde o temprano, todo se sabe…
* * *
El
lunes a mediodía llamé a Danny y no estaba en la oficina. Salí a almorzar tarde
y, a la vuelta, la secretaria me dijo que me había devuelto el llamado. Yo
tenía pendiente llamar a Pablo Fernández para pedirle disculpas otra vez, pero
lo dilataba porque todavía se me caía la cara de vergüenza y me preguntaba qué
habría pasado entre él y Amalia después del exabrupto de María.
—Bueno
—me dijo Danny Barnechea cuando logré dar con él—, vamos a cerrar de una vez
este negocio ¿no te parece? Estuve estudiando la propuesta y me parece bien.
¿Nos reunimos?
Fui
esa misma tarde a su escritorio. Hablamos de negocios, terminamos de ajustar
plazos de entrega y formas de pago. Cuando estaba por irme le dije:
—Che,
Danny, perdoná el papelón de mi hermana el otro día. Normalmente ella no es
así.
Estábamos
en un rincón de su oficina, donde tiene un par de sofás y una mesa ratona.
Pidió café para los dos, se arrellanó en el sillón de cuero y dijo:
—Mirá,
te voy a contar la historia de mi viejo. Vos viniste alguna vez a pasar unos
días a Los Sauces, ¿no?
—Sí,
claro, cuando éramos chicos fui un par de veces. ¿Todavía tenés la estancia?
—No
—dijo—. Nunca fue nuestra, mi viejo era el administrador.
Me
contó que toda la familia había considerado siempre a Los Sauces como algo casi
propio, aunque el campo era de unos franceses que no venían a Uruguay más que
una vez al año. El padre lo administró toda la vida y, cuando andaba cerca de
los sesenta, los franchutes lo vendieron y el viejo Barnechea se quedó sin
laburo.
—Eran
años jodidos para el campo, nadie tomaba un administrador como los de antes, es
mucho más barato darle la administración a un escritorio. Aunque mi viejo tenía
sus años, era un tipo enérgico, sabía un montón de su trabajo y le había
dedicado la vida entera a Los Sauces. Sin embargo, no encontró otro laburo en
el campo y se vino a Montevideo, todavía lleno de ilusiones de encontrar algo
en un estudio como este.
Miró
a su alrededor, los muebles de roble y cuero, los cuadros de escenas camperas,
el lambris de las paredes. Nos trajeron el café y él siguió contando una
historia trágica: un hombre que cada vez se sentía más inútil, que perdió a sus
amigos, al que cada vez le costaba más salir de la casa y hasta hablar por
teléfono. Terminó haciendo un intento de suicidio y murió internado en un
psiquiátrico.
—Lo
siento —dije—. No tenía idea. Debe de haber sido muy duro para vos.
—Sí,
fue terrible para toda la familia. Y uno piensa: el tipo tenía una familia que
lo adoraba, unos hijos a quienes les iba bien, ya tenía los primeros nietos.
Tuvo una vida feliz. Lo único que perdió fue un trabajo, y no por ineficiencia
sino por pura mala suerte. ¿Qué tan importante puede ser un trabajo?
—Exacto,
eso es lo que yo le digo a María. Tiene una familia lindísima, es inteligente y
metedora. No puede perder la cordura porque la hayan despedido de un laburo
que, a diferencia de tu padre, la tenía hasta los huevos. ¿Sabés lo que le dije
el día que la despidieron?
—Algo
así como “bienvenida al mundo de los que cambian y transforman los problemas en
oportunidades” —recitó Danny Barnechea—. Pura basura corporativa —agregó,
sirviendo más café—, eso es lo que nos decimos los empresarios cuando
despedimos a alguien. Es una frase sin la más mínima empatía.
Lo
miré interrogante. Era la frase exacta que yo había dicho para animar a María y
estaba orgulloso de ella. Y la “basura corporativa” era, en otras palabras, el
“rollo empresarial” del que hablaba Carmen. No me dio tiempo a preguntar:
—Vengo
de almorzar con ella —dijo—. Tuvimos casi tres horas de charla.
—¿Cómo?
—me asombré.
—Sí,
pobre, la hice venir con el currículum, pero lo que quería era almorzar con
ella. Me quedé enamoradísimo de tu hermana con su exabrupto. Antes de que
llegara me di cuenta de que estaba haciendo era una putada, así que se lo dije
en cuanto la vi: que en realidad difícilmente yo pudiera ayudarla a encontrar
un laburo y que lo que pasaba era que me encantaba ella.
—¿Y
qué te dijo? —pregunté, mientras pensaba que María debería haberse ido
inmediatamente, en vez de quedarse tres horas de charla con un tipo que la
estaba cargando.
—Que
menos mal, porque de sólo pensar en volver a trabajar en el ambiente
competitivo de la empresa privada, se le paraban los pelos.
—¿No
quiere encontrar trabajo?
—No
cualquier trabajo.
Le
pedí un vaso de agua. Iba a empezar a toser otra vez. Me indignaba que ese tipo
se cargara a María y que hubiera tenido con ella la conversación que yo siempre
había evitado. Y al mismo tiempo tenía que andar con cuidado: Danny todavía no
había firmado ningún contrato y el negocio podía irse al carajo.
—¿Y
tenés alguna idea de lo que pasó con Pablo y Amalia? —pregunté cuando la
asistente nos dejó solos después de traer el agua.
Se
rió, el muy cínico.
—¡De
todo! Desde el casamiento, todo el mundo habla de los cuernos de Pablo. El
domingo, Amalia se mudó a lo de los padres, en medio de un escándalo familiar y
hasta en el barrio. Los hijos no pueden creer que ella le haya metido los
cuernos al padre. Y los viejos, menos, con lo católicos que son. Pero qué van a
hacer, al fin y al cabo es la hija.
—Todavía
no puedo entender que María haya sido capaz de decir eso —dije—. Además, ¿cómo
lo supo?
—Trabajaba
con Amalia, a veces escuchaba las llamadas. Siempre lo supo y nunca se lo contó
a nadie. Fidelidad a su jefa, complicidad entre mujeres, discreción, qué sé yo,
llamalo como quieras.
—Me
da la impresión de que a vos te lo contó con pelos y señales, además de haberlo
dicho delante de una decena de personas.
Ahora
no sonrió, ante mi sorpresa, se rió abiertamente y me dejó con la intriga. Como
no tenía intenciones de contestar, concluí:
—Bueno,
de todas maneras fue una grosería imperdonable.
—Lo
que es una grosería imperdonable es despedir a una tipa que te acompañó, te
ayudó y hasta te protegió durante veinte años— replicó sin inmutarse. Yo no
podía soportar que se hubiera convertido de repente en el defensor
incondicional de mi hermana.
—María
tiene labia. Te convenció de su punto de vista.
—María
tiene encanto y es demasiado buena gente. Si no fuera tan buena gente, hubiera
aceptado salir conmigo. De todas maneras no fue un no rotundo, era obvio que no
le faltaban ganas. Le haría bien. Voy a insistir, te aseguro.
Danny
me estaba toreando, es un imbécil de primera. Empecé a toser un poco y se me
pasó con un trago de agua.
—Es
decente— le dije.
—Yo
también— aseguró.
Se
levantó como para dar por terminada la reunión y quedamos en firmar el contrato
la semana siguiente, después de que lo vieran los abogados. Me acompañó hasta
la puerta y mientras esperábamos el ascensor, dijo:
—No
quiero que te quedes con la idea de que María me contó ningún detalle de la
infidelidad de Amalia. Lo sé porque el amante soy yo y tu hermana sabe que soy
yo.
En el ascensor la tos me vino tan fuerte que tuve miedo de ahogarme.
3 comentarios:
Buen manejo de la perspectiva masculina de las cosas.
Y quiero destacar dos cuestiones:
Una, la EXACTITUD de la observación:
“bienvenida al mundo de los que cambian y transforman los problemas en oportunidades ... es una frase sin la más mínima empatía"
Y la otra, algo difícil de explicar... Porque si bien hasta ahora no me ha tocado estar desempleado... La manera en que puedo SENTIR ese "detrás de la puerta todo les parece ajeno y hasta hostil" me ha impresionado mucho.
¿Un título?
"Ganarás el pan..."
Como verás, te hice caso con el título. Gracias!
Guau! De nada che.
Publicar un comentario en la entrada