sábado 20 de agosto de 2011

Oscuro

Hace un rato estaba mirando a Flash. Es un ovejero alemán que nunca fue entrenado y nos ha dado algunos dolores de cabeza. Ahora que está más viejo, le he agarrado un poco la mano y puedo obligarlo a tomar el antibiótico y a que se quede quieto mientras le curo las heridas. No tiene nada serio, apenas una infección en la piel, probablemente provocada por una reacción alérgica. Y entonces, mientras miraba a Flash, surgió la imagen, tan vívida como si sucediera en ese mismo instante.
Vi al Ruso en short de baño, descalzo sobre el pasto de la casa de Playa Verde, con la manguera en la mano, tratando de sujetar a Flash entre las piernas. Oí las carcajadas y los gritos, sentí el olor a pino y a madreselvas y la piel tirante por el sol y la sal a la vuelta de la playa. Sentí, como aquel día, algo de culpa por no haber bañado al perro, y la energía y la alegría bulliciosa del Ruso como una bendición que nos salvaba de la indolencia del verano. Y el Ruso y Playa Verde me trajeron otro recuerdo de muchos años antes, cuando mi hijo Matías tendría dos o tres años y jugaba con un tren de madera desarmable que acababan de traerle los reyes. El Ruso salió marcha atrás en el auto, Matías se apartó del camino, el auto aceleró y pasó por arriba del juguete. Fue tan rápido que nadie atinó a nada. Matías corrió atrás del Ruso y le gritó en su media lengua: Me rompiste el tren, hijo de puta. Nos reímos tanto que nadie pudo decirle nada a Matías por la puteada, sino más bien consolarlo por la pérdida del tren y las risas que había ocasionado. Y me acordé de Gustavo tirándose en la cama sobre el Ruso con un “te quiero mucho”, y el jolgorio contagioso de los dos, después de haber tomado whisky durante las horas que podían durar tres partidas de rummy, una noche en que los niños dormían y a nosotros cuatro nos dio por jugar a las cartas hasta el alba, y después Gustavo y yo invadimos el dormitorio de Karen y el Ruso en busca de libros y seguimos con el alboroto hasta que alguno de los gurises se despertó asustado.
No sé si los recuerdos fueron secuenciales o simultáneos, sé que estaban tejidos no sólo con imágenes sino con todos los sentidos: pude oírlos, olerlos y gustarlos. Y de golpe no pude creer todo lo que pasó después.
No me acuerdo exactamente cuándo conocí al Ruso y a Karen, pero fue al poco tiempo de mudarnos al barrio, hace unos veinte años. Las edades de nuestros hijos más o menos coincidían y jugaban juntos en la vereda a la vuelta de casa, enfrente a la de ellos, una calle de tres cuadras por donde casi nunca pasan autos. Después coincidimos con Karen en las reuniones de la escuela; ella se hacía notar porque él se la había traído del exilio en Finlandia y era el arquetipo de una finlandesa: blanca, grandota, rubia, con los ojos más claros que yo hubiera visto nunca. Además era enérgica y mandona y hablaba con verdades absolutas en un castellano muy gracioso. El Ruso no iba a las reuniones porque en aquel tiempo estudiaba de noche, hacía un curso de marketing o algo por el estilo, siempre entusiasmado por una cosa u otra. Lo vi por primera vez una tarde que vino a buscar a alguno de los gurises. Para entonces, Karen y yo habíamos hecho buenas migas, intercambiábamos libros, experiencias de madres, recetas de cocina y confidencias conyugales.
Después pasó lo de Playa Verde. Nosotros compartíamos la casa con mis hermanos y nos solían tocar las primeras semanas de febrero. Al verano siguiente de conocernos, Karen y el Ruso aparecieron a limpiar el terreno de al lado, que acababan de comprar. La coincidencia fue increíble, vivir a pocos metros en Montevideo y veranear en terrenos vecinos. Construyeron la casa y los veranos y fines de semana que pasamos juntos en Playa Verde terminaron de consolidarnos como amigos inseparables, aun cuando nuestros hijos crecieron, terminaron la escuela, fueron a distintos liceos y se distanciaron en sus actividades de Montevideo, pero conservaron la amistad de balneario y veraneo. Con la excepción de Matías y Camilo, nuestros hijos menores, que fueron compañeros de clase desde la jardinera, y hasta el día de hoy son inseparables.
Camilo tendría unos trece o catorce años cuando se separaron. Karen me llamó una noche llorando a moco tendido para pedirme que fuera a la casa.
—El Ruso se fue —dijo en cuanto abrió la puerta.
Tenía un suéter abrigado, agujereado de polilla, arriba del pijama de franela. La cara lavada, por nórdica y por el llanto, los ojos celestes, hinchados y rojos. Se arrolló con una manta en el sofá y se lamentó:
—¿Y qué voy a hacer ahora?
Un tapiz empezado dormitaba en el telar que ocupaba buena parte del living, ovillos de lana coloreaban el suelo, entre libros, cuadernos y diarios tirados por todas partes, y la casa estaba helada.
Busqué piñas, diarios, leña y le armé un buen fuego en la chimenea, me serví una copa de vino del que ella había abierto y puse una antología de Bob Marley que Karen me había copiado hacía tiempo y nos encantaba. Mientras tanto, me contó que desde hacía una semana habían estado conversando, porque el Ruso se sentía frustrado con la vida que llevaba y quería tomar distancia.
—Es ese maldito fantasía de ser periodista —dijo—, a los cuarenta y tres años. Yo le digo que sea lo que quiera, pero que no puede dejar el laboratorio, porque con mi sueldo de docente no vivimos. Y él, que me aburguesé, que para qué queremos vivir bien si no podemos ser felices y todo ese rollo hippy de adolescente que nunca creció. El Ruso es Peter Pan.
Karen exageraba: ella no tenía un sueldo de docente sino un pequeño instituto de inglés, con una socia, habían capeado la crisis del 2002 y les iba bastante bien. De todas formas me maravilló lo de Peter Pan, porque nunca me había dado cuenta de que encajaba con la percepción que yo tenía del Ruso: un loco simpático, siempre en busca de algo nuevo que barriera el aburrimiento de la rutina, para él y para nosotros, los niños perdidos.
Me quedé con Karen hasta la madrugada. Estaba desolada. Al final, ella misma reconoció que lo de la revista no era más que el detonante, que el Ruso atravesaba la crisis más importante de su vida y era incapaz de sobrellevar la monotonía de la familia. Y ella no podía acompañarlo en una búsqueda sin descanso de emociones fuertes, porque lo que necesitaba a esa altura de la vida era precisamente lo contrario: estabilidad, paz, orden.
—Sí, me aburguesé. ¿Y qué? ¿Acaso no es normal? —dijo, y se sirvió más vino.
La dejé triste pero más tranquila cuando me fui.
El verano anterior, el Ruso había estado monotemático con la revista. Quería una publicación de izquierda independiente, que fuera menos densa que Brecha y menos sensacionalista que La República y, como ese año había elecciones, decía que era el momento ideal para hacerlo. Siempre había querido ser periodista, aunque hacía años que tenía un puesto gerencial en un laboratorio y ganaba muy bien. A nosotros nos encantaba la idea del Ruso, pero no le habíamos dado mucha bola porque teníamos buenos trabajos que no estábamos dispuestos a dejar, ¿de dónde podíamos sacar el tiempo necesario para editar una revista?
Sin embargo, él consiguió su gente y ese otoño casi no lo vimos, aunque sabíamos que preparaba el primer número para agosto. Al separarse de Karen, alquiló un apartamento en el centro para vivir y convertirlo en redacción. Allí se juntaba casi todas las noches la tropa de la revista. A las pocas semanas de la separación, se murió Seregni. En una noche loca, decidieron sacar un número cero para vender el día del entierro. Hasta yo le escribí un testimonio.
Fue en esos días que me hice verdaderamente amiga del Ruso. No éramos el Ruso y Karen, Gustavo y yo; por primera vez tuve una relación directa con él. Entre las vueltas del número cero y la separación, tanto Gustavo como yo salimos alguna vez a tomar algo con él por ahí, o nos quedamos hasta tarde en el apartamento-redacción.
Gustavo, que es intuitivo y no se deja seducir por nada, abandonó enseguida los esfuerzos para hacer entrar al Ruso en razón. Diagnosticó: caso claro de inmadurez, y decretó que Karen iba a estar mejor sin él. Se ocupó de ella más que yo, la llamaba todos los días a ver cómo estaba y si necesitaba algo, se traía a los gurises a cenar a casa para dejarla tranquila, o pasaba un rato por la de ella y se tomaban un vino mientras cocinaban.
Yo, en cambio, me dejé encandilar. El Ruso era en verdad un niño grande, ciclotímico y manipulador. Tenía el don de la relación con la gente y conseguía llegar a políticos importantes, él —que en política no era nadie— y lograba que le escribieran una nota para una revista que no existía. Desplegaba una vitalidad arrolladora, no dormía más que tres o cuatro horas por día y, de repente, se quedaba dormido a las siete de la tarde, en el living del apartamento a medio amueblar, repleto de periodistas improvisados con computadoras por todas partes, que laburaban a contrarreloj sentados en el suelo, mientras transcurría el velorio de Seregni en el Palacio Legislativo, y fotógrafos, también improvisados, que entraban y salían. Yo misma entré en la locura y, después de una pasadita por lo de Karen y por casa, me iba a lo del Ruso.
El número cero fue un éxito, le metimos un poster de Seregni y se imprimieron dos ediciones. Recién después pude hablar tranquila con el Ruso de la separación. De todas maneras, en esas semanas había aprendido que no era sólo el tipo vital y divertido que nos alegraba los veranos de Playa Verde. Había mil facetas que yo no conocía. Podía ser insoportable, malhumorado y hasta despótico. Como un niño caprichoso, como Peter Pan. Me enteré, en las noches del número cero, que muchas mujeres se morían por él y que el Ruso se dejaba querer, con una actitud entre incierta y seductora, se tomaba en joda las insinuaciones y no decía ni que sí ni que no. Hasta entonces, para mí, el Ruso era el marido de Karen y, por lo tanto, no tenía sexo. “Los novios de las amigas no tienen pito”, decía la barra de mi hija. Descubrir al Ruso como un hombre sexuado fue toda una sorpresa, aunque yo no sintiera hacia él una atracción erótica.
Una noche salimos a comer algo y después de que se tomó casi toda la botella de vino —otro de mis descubrimientos fue que muchas veces se descontrolaba con el alcohol— le pregunté:
—Entonces, Ruso, ¿es definitivo?
—Qué sé yo. Vos sabés que yo a Karen la adoro, fue la mujer de mi vida, el cable a tierra, la madre perfecta para los gurises. Todavía me cuesta imaginarme la vida sin ella, pero en este momento estoy tan bien solo, Karen me corta las alas con todos los proyectos. Ahora creo que no soporta que este se haya concretado y esté saliendo bien.
—¿Y no hay otra? —yo sabía que estaba preguntando todos los lugares comunes, pero por algo son lugares comunes.
Él sonrió y se sirvió más vino. Me di cuenta de que tenía la cara roja, no sé si por el vino o por la respuesta, que demoró en llegar:
—Sí, claro que hay otra. Siempre hay otra.
—¿Y por qué no se lo decís? Le va a ser más fácil de entender que las vaguedades de tomar distancia, la crisis existencial y toda esa pavada. Si te enamoraste de otra es contundente y claro, y a Karen le gustan las cosas claras y contundentes. Cualquiera prefiere saber a qué atenerse.
El Ruso meneó la cabeza, siempre rojo y sonriente, con ese aire de pollo mojado con que conquistaba a cualquiera.
—¿Para qué? —dijo, después—. La otra hace tiempo que existe y es platónica. Siempre le fui fiel a Karen y ella lo sabe. Con la otra no tengo la más mínima posibilidad.
Me miró y yo me puse alerta. No, no era posible, yo interpretaba mal, también había tomado vino, esa mirada era mi propia imaginación, tal vez las fantasías me jugaban una mala pasada. El Ruso era mi hermano, el amigo de siempre, amigo de Gustavo, marido de Karen, el padre de Camilo. Sin embargo, la mirada seguía ahí, cargada de cosas ambiguas y yo no sabía qué hacer con ella, cómo olvidarla, o detenerla, o retroceder el tiempo para que no hubiera ocurrido.
—Bueno, en todo caso prefiero no saber quién es —contesté en lo que creí un rapto de lucidez, convencida de que alejaba el peligro.
—No te hagas la boba —insistió, y me agarró la mano por encima de la mesa.
Quedé paralizada. No podía apartar los ojos de la mirada del Ruso y sentía la mano de él sobre la mía. No sé cuánto duró. Al volver en mí, aparté la mano y una voz ronca, temblorosa, que no parecía mi voz, dijo:
—Ruso. No. No me hago la boba. No quiero saber nada. No sé nada.
Sonrió como asintiendo, melancólico. Llamó al mozo. Cuando salimos me acompañó hasta el auto y, antes de cerrar la puerta, agregó:
—Es que en Playa Verde siempre fuimos muy promiscuos. Yo no podía evitar mirarte.
No le pude decir nada a Gustavo. Tampoco pude dormir. La mirada del Ruso me acompañó todo el día siguiente en el trabajo y me aceleraba el corazón. Después del trabajo pasé, como siempre, por lo de Karen. Me contó que el Ruso la había llamado para saber cómo estaba. Que lo había encontrado más atento, hasta rezumaba una cierta ternura. Yo le dije que habíamos cenado juntos y que lo encontraba bastante confundido. Por suerte se lo conté: él ya se lo había dicho. Otra vez, Karen pidió detalles y detalles, pero esta vez hice malabarismos para zafar y me fui a los cinco minutos.
No fui a casa, sino que me senté en un banco de la plaza. Necesitaba ordenarme, entender qué me pasaba, por qué la mirada del Ruso me había alterado tanto. Si él se había enamorado de mí, no era por eso que había dejado a Karen. “Con la otra no tengo la más mínima posibilidad”, había dicho. Pero, ¿no las tenía? Todo mi cuerpo y toda mi alma habían vibrado bajo esa mirada. Fantaseé con que dejaba a Gustavo y me iba a vivir con el Ruso, en el apartamento-redacción, en medio de la locura de las noches con la patota de la revista. Algo de la adolescente que fui se despertó y encontré esa vida emocionante, repleta de incertidumbres, desafíos, esperanzas. Los veinte años con Gustavo se me figuraron aburridos, rutinarios. ¿El amor o el deseo del Ruso habían despertado en mí el amor y el deseo? Entonces, no pude resistir la tentación, busqué el celular y lo llamé.
—Quiero hablar contigo —le dije.
Era viernes y quedamos en encontrarnos a la mañana siguiente en la feria de Villa Biarritz. Nos sentamos en el pasto del parque, bajo un sol tímido de invierno.
—¿Qué pasó? —preguntó, socarrón—. Antes de ayer no querías saber nada y hoy querés hablar conmigo. ¿Quién te entiende, mujer?
—¿Vos estás enamorado de mí? —pregunté a mi vez a boca de jarro.
—Sí, estoy. Desde hace mucho.
—¿Y por qué pensás que no tenés ninguna posibilidad conmigo?
Ahora le tocó a él el asombro.
—Nena, qué decís.
—Ruso, yo tampoco soy de piedra.
—Ya lo sé, ¿te creés que no me di cuenta? Pero ¿vos pensaste en las consecuencias? Entre nosotros no puede haber nada. Olvidate, es imposible.
—No entiendo, ¿por qué?
Me miró como si yo fuera tonta, o loca, qué sé yo.
—Vos sos luminosa. Yo no soy lo que pensás. Soy mucho más oscuro, vos me ves cuando me embalo, no me has visto deprimido. No me aguantarías, nadie me aguanta, y no quiero joderte la vida
—Yo no soy luminosa. En este momento me parece que la vida contigo sí se llenaría de luz. No podemos dejar que la oportunidad de ser felices pase por la puerta sin dejarla entrar por miedo a equivocarnos.
Apenas podíamos hablar. Yo estaba conmovida, pero él estaba a punto de ponerse a llorar, con los ojos brillantes por las lágrimas y el sol.
—No puedo creer que alguien me quiera tanto —dijo.
—No sé, Ruso, pienso en voz alta. O será que no pienso lo suficiente.
Dimos vueltas sobre lo mismo más de dos horas y en la semana seguimos por teléfono —desde mi trabajo— mañana y tarde.
El miércoles de noche llamó Matías desde una cancha de fútbol cinco, para pedir que lo fuéramos a buscar porque estaba lesionado. Lo llevamos con Gustavo a la urgencia y se había roto el tendón de Aquiles. El traumatólogo de guardia lo quería operar. Gustavo le dijo que no, que de ninguna manera, que antes de ir al quirófano necesitaba una segunda opinión. Al final lo enyesaron y volvimos a casa, con Matías saltando en una pata. Me encantaba la forma en que Gustavo se hacía cargo de esas situaciones, cómo se ocupaba de los gurises y sufría cuando les pasaba algo. Me di cuenta de que lo quería, aunque no fuera divertido como el Ruso. De repente, volví a la realidad y supe que no estaba enamorada del Ruso, que me halagaban su mirada y sus atenciones y me fascinaba esa capacidad de hacerme sentir una adolescente. No era más que eso, ¿cómo podía haberme confundido tanto?
Fue una iluminación repentina. Se lo dije el jueves, cuando me llamó al trabajo. El viernes volvió a llamarme para pedirme que fuera esa noche a darle una mano con las últimas correcciones para el primer número.
—Bien —dije—. Pero si no estamos solos.
Se rió.
—No te preocupes, no te voy a acosar. Va estar toda la patota.
Entre la patota estaba Belén, una chica que trabajaba con él en el laboratorio, treintañera y madre soltera. Mientras preparábamos café en la cocina hablamos de sus amores y desamores.
—Creo que el Ruso está enamorado de mí —me dijo.
—¿En serio? ¿Por qué? ¿Te dijo algo?
—No me dijo nada concreto, me lo insinuó. Además lo siento por la forma en que me mira.
Belén se moría por el Ruso, pero no era eso lo novedoso para mí. ¿Se lo habría imaginado o había sido también destinataria de la mirada subyugante que había despertado en mí sentimientos equívocos? No lo había visto mirar a Belén, pero sí lo había visto mirarme esa noche, implorante, acongojado. Y entonces me acordé de la frase que dijo al despedirme la primera vez que me habló con los ojos, aquello de que fuimos promiscuos en los veraneos y él no podía evitar mirarme. Sentí que esa frase echaba por tierra, con retroactividad, años de amistad inocente, que empañaba la naturalidad con la que convivimos casi como hermanos. La imagen de Karen y yo en toples en la playa, cuando no había nadie más que nosotros cuatro y los niños chicos, liberados por la experiencia del exilio en Europa, me horrorizó. El Ruso me había mirado como un intruso, un voyeur, sin que yo tuviera la menor idea.
Después del número uno, el Ruso dejó el laboratorio. Era de verdad un temerario. Como Peter Pan cuando desafiaba al Capitán Garfio. Pero Peter Pan volaba.
Le ofrecí llevarle una contabilidad mínima. Al fin y al cabo, era lo mío. Compré un par de carpetas y obligué a todo el mundo a archivar los comprobantes de gastos y las facturas de publicidad. Armé planillas de Excel. Sabíamos que el primer año íbamos a pérdida y nadie cobraba un peso, todo era por amor al arte. El capitalista era el Ruso y los ahorros se le achicaban con rapidez. La contabilidad me llevó más de una tarde por semana: al menos dos. Y me enloquecía. El Ruso mezclaba todo, la cuenta de la revista y la personal. El desorden era la norma y yo tenía que andar atrás de cheques que emitía de la cuenta de la empresa para gastos personales o de cheques personales que correspondían a gastos de la empresa. El acceso a sus finanzas me dejó helada. Había cenas en restaurantes exclusivos y ropa cara. Gastaba como si tuviera millones que no tenía. Cheques de cantidades respetables que yo no lograba saber para qué o para quién eran. También tenía ingresos inexplicables. Me resultaba casi imposible sentarlo a hablar de plata y cuando lo lograba contestaba con evasivas a las preguntas. Peor: con evidentes mentiras.
—¿De dónde te entraron estos dos mil dólares que no son de ventas?
—¡Ah! ¿No te conté? El otro día gané el pozo de plata con la gente del laboratorio.
Y Belén me confirmaba que no había ningún pozo de plata, que el Ruso ya no se vinculaba con la gente del laboratorio.
A pesar de todo, la revista iba cada vez mejor. Se vendía bien y empezaban a citarla en los programas de radio. Las entrevistas del Ruso eran espléndidas, conseguía que los entrevistados se relajaran y conversaran con él como con un amigo. Le decían cosas que no salían en ningún otro lado. Además escribía bien, resumía bien, sabía extraer las partes más jugosas. Iba a tardar menos de un año en tener una revista autosustentable.
Cuando llegó el verano, habíamos recuperado una relación de camaradería. Ya no me dirigía esas miradas implacables. Se convirtió en el amante de Belén. Pero nunca cerró la relación con Karen, que siempre tenía las puertas abiertas para él. A veces pasaban algún fin de semana juntos en Playa Verde. A veces dormía en su antigua casa, a la vuelta de la mía. Karen vivía en la luna. Creía que el Ruso iba a volver con ella, tarde o temprano. No sabía nada de Belén y yo no se lo decía, porque a mí misma me desconcertaba lo que Karen me contaba. Que él lloraba con ella, le decía que la amaba pero se resistía a convivir “por ahora”. Se convirtió en el hombre enigmático, tal vez oscuro, que él mismo me dijo un día que era.
Las vacaciones fueron diferentes. Karen con los hijos en la casa de al lado y mucha convivencia, pero ya no más carcajadas ni locuras. Descansamos en un plan tranquilo, leímos mucho, conversamos como siempre. Los chicos salían de noche, dormían hasta el mediodía.
Una mañana estaba sola en la playa, con un buen libro bajo la sombrilla, y se apareció el Ruso, vestido de pies a cabeza de recién llegado de Montevideo. Lo vi venir junto al desasosiego que se siente como un aleteo de pájaros en el pecho. Se sentó en la arena y dijo que había pasado por casa y, como yo no estaba, había venido a verme a la playa.
—¿No estás muerto de calor, así vestido?
—Muerto —contestó, mientras se sacaba los zapatos y las medias. Miró el horizonte y suspiró—. Quería preguntarte si sos consciente de que lo que me debés. Un día estuviste a punto de acostarte conmigo y yo te hice entrar en razón. Ahora tenés la vida pacífica de siempre, gracias a mí.
Demoré en encontrar una respuesta. Se levantó una brisa y el mar se rayó de espuma. La piel se me erizó y fui consciente de cada centímetro de mi cuerpo y de lo poco que cubría el bikini. Me molestaba que el Ruso viniera a turbar la mañana de paz en la playa.
—No estuve a punto de acostarme contigo. Pensé en dejar a Gustavo y en vivir contigo. No es lo mismo. —La irritación me aumentaba de a poco—. No podés aparecer en la playa de repente a reclamar deudas viejas o a lo que sea. Llamás la atención vestido como para andar en el Centro. Me comprometés.
—Te necesito —dijo.
—¿Para qué?
—No sé qué hacer con la vida, con Karen, con Belén, con los gurises, con la revista, con las deudas. Qué sé yo. No sé qué hacer.
Al mismo tiempo me tranquilicé porque no me dijo que me quería y me alarmé porque nunca lo había visto realmente angustiado.
—¿Qué deudas? —pregunté.
—Tengo deudas que no puedo pagar.
—Pero ¿por qué? Hace diez días tus finanzas estaban bien. ¿Qué pasó?
—Nada, no importa. Estás de vacaciones. Cuando vuelvas, te cuento. No te quiero joder ahora.
Se levantó despacio, se sacudió la arena de los pantalones claros. No parecía él, o parecía él veinte años más viejo. Lo miré mientras subía por las rocas con los zapatos en la mano hasta que desapareció detrás de unos arbustos. Durmió con Karen ese fin de semana. No nos vimos más que en la playa.
Gustavo tenía unos días más de vacaciones y se quedó con los gurises en Playa Verde, cuando yo tuve que volverme a Montevideo. El primer día de trabajo me escapé temprano con no sé qué excusa y fui a lo del Ruso sin avisar. Quería agarrarlo antes de que empezaran a llegar los voluntarios de esa cruzada.
Hacía un calor insoportable. Estaba descalzo, de bermudas y camiseta, con el pelo revuelto y los lentes sucios, transcribiendo una entrevista. Lo encontré buenmozo. Yo había traído bizcochos y él preparó un mate y se sentó en el sofá. Entonces apoyó la frente entre las manos y, sin mirarme, me contó que había perdido más de diez mil dólares en las carreras.
—¿Cómo? —no podía creer lo que escuchaba.
Él se sacó los lentes para refregarse los ojos.
—Caballos —balbuceó, con un gemido, un sollozo, un ruido profundo de las entrañas.
Antes de que tuviera tiempo de recuperarme de la sorpresa sonó el timbre. El Ruso se secó los ojos, se ordenó el pelo con la mano y fue a abrir. Yo estaba sentada frente a la puerta y vi a la chica cuando entró. No tenía más de veinte años y le estampó un chupón largo que él correspondió apretándola contra sí. Después ella se soltó, se rió, y, sin haberme visto, dijo juguetona:
—Ya estás a punto de caramelo, baby, vamos a la cama y te prometo que te voy a sorprender.
El Ruso la agarró de la cintura, la volvió hacia mí y me presentó con el tono más encantador:
—Lilly, portate bien que te voy a presentar. Esta es mi mejor amiga y mi contadora. Y ahora tengo que trabajar, así que lo mejor es que te vayas a tu casa y esperes que te llame. Sé buena chica, ¿sí?
Ella hizo una mueca, mezcla de sonrisa y mohín de malcriada, se sentó a mi lado y agarró un bizcocho. Era una chica sexy, de labios carnosos, tetas enormes, piel tersa, aceitunada, y ojos muy maquillados.
—¿A vos te parece que me puede tratar tan mal? —se dirigió a mí, mordisqueando una medialuna.
—¿De dónde se conocen? —le pregunté a mi vez.
—De Azabache. ¿No es divino? Baila cumbia zarpado.
Miré al Ruso, parado cerca de la puerta. Pensé que iba a estar muerto de vergüenza. Sin embargo, miraba a Lilly con embeleso.
—No sabía que bailara cumbia —dije, para tirarle la lengua—. Pero es divino, sí.
—Él cree que soy boba y no me doy cuenta, porque como es periodista se siente superior. Pero sé perfectamente que ahora que se lo pasó bomba conmigo, quiere que desaparezca y no lo deje pegado con amigas contadoras como vos. ¿Así que no sabías que bailaba? Te digo más: las minas de Azabache se mueren por él cuando baila. Es un veterano tan sexy… Un salado.
El Ruso largó una carcajada. Lilly y yo también nos reímos. Yo, de nervios.
—Bueno, linda, se acabó el show. Te dije que no vinieras sin avisar. Así que despejando, dale, no me hagas enojar.
Al final se fue, pero enseguida entró a llegar gente y el Ruso no me dio más bola. Mejor, porque yo estaba casi en estado de shock, y no me daba la cabeza para números. Compré comida hecha en una rotisería y en cuanto llegué a casa me enganché con Notting Hill, una película que puedo ver mil veces sin dejar de sonreír. Después me acosté. Quería pensar y entender quién carajo era el Ruso. Tenía que decidir si contarle todo a Karen. Eché de menos la sensatez de Gustavo. Pero estaba cansada, tomé una pastilla y me dormí.
A última hora de la tarde siguiente, en el trabajo, recibí el mail. Desordenado, incoherente, inconexo:
“Soy un adicto. Al sexo, al juego, al tabaco, al alcohol y al trabajo. No sé si me dejo algo en el tintero. Amo a Karen y a mis hijos. Le tengo cariño a Belén. Me gustan todas las mujeres. A vos te adoro, a Gustavo también, aunque de otra manera. Debía ochocientas lucas verdes a prestamistas. No vayas al apartamento, esta gente no se anda con chiquitas. Si alguien quiere seguir con la revista, que vaya otro a llevarse las cosas antes de que se enteren de que me fui. Estoy en Buenos Aires, no es más que una escala, no te digo adónde voy. Te dejé un poder general en el estudio de la escribana. Pagué seiscientos mil de una cuenta que no conocés y no es ganancial, es guita que heredé de mi viejo y que Karen nunca supo que existía. Pero los doscientos que faltan se los van a reclamar a Karen. A mí no me da la cara para estar. Soy una mierda. Debería cortarme las venas, pero no tengo coraje. Decile que salve Playa Verde. Entre mi cuenta y la de la empresa habrá unos ciento veinte o ciento treinta. Con eso puede dejarlos tranquilos. No le paguen la deuda a la imprenta. Hay alguna publicidad para cobrar, vos lo sabés. Con todo esto, pueden salvar Playa Verde y lo de Karen. Voy a cortar toda comunicación por unos meses, no sea que me encuentren por la dirección IP. No me escribas porque no voy a chequear este mail. Te quiero mucho.”
Pasaron seis años. Nunca más supimos del Ruso. Desapareció del mapa. Karen tuvo que vender Playa Verde y mis números nunca sirvieron de nada, reflejaban apenas una parte diminuta de lo que él dejaba que viera. A veces me pregunto si está vivo, si está en algún rincón del Caribe, en China, o vive con un nombre falso a la vuelta de casa.