martes, 13 de diciembre de 2011

La petite portugaise

Escrito sobre una noticia vista en el diario El País de Madrid

          —Conceição, mira esta foto —João pone el libro delante de la mujer. La sala de profesores está casi vacía y los dos tienen la hora libre. Ella está sentada a la mesa con una taza de té y una pila de trabajos para corregir.
La mujer mira la foto y algo se le altera en la mirada. Mira a João con desconfianza.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—¿No te dice nada?
Conceição se ajusta los lentes, molesta. Le devuelve el libro y corrige una palabra del dictado con tinta roja. Después habla, mirándolo por encima de la montura:
—Cuando era niña viví en un barrio así. En París. Éramos muy pobres, pero después nos fue mejor. Volvimos a Coimbra después de muchos años. Yo tenía diecisiete. Allí aprendí francés.
João calla y espera. La mujer subraya una palabra con la lapicera roja. Enseña francés. Él es profesor de arte y su verdadera pasión es la fotografía. Es un autodidacta. Gasta en revistas y en libros de fotografía, además de mejorar cada día su equipo.
—¿Por qué me muestras esa foto? —pregunta ella.
Él vuelve a ponérsela frente a las narices.
—Porque eres tú.
—¿Yo? Qué va, nunca me sacaron una foto.
—¿Estás segura? —continúa João, terco—. Yo te reconocí sin saber la historia.
Conceição mira ahora con atención. Las manos que sostienen el libro se agitan apenas, los ojos se entrecierran para ver mejor.
—El barrio era así —dice—. Así de horrible. Me acuerdo del barro. Y de las casas de lata. Pero esta no soy yo, ¿quién sacó esta foto? ¿Es París?
—Gérald Bloncourt, un fotógrafo importante, medio francés, medio haitiano. Esta foto ha estado en exposiciones en todo el mundo. Es de los suburbios de París. en los sesenta.
Ella se ríe.
—No, João, me acordaría de un fotógrafo así. No recuerdo que nadie me haya hecho una foto —sus ojos se concentran otra vez—. Sólo una cosa me hace dudar. No… No puedo ser yo y haber estado durante más de cuarenta años expuesta sin saberlo.
—¿Qué? —insiste él— ¿Qué te hace dudar?
—La muñeca. Esta muñeca era mía.
—¿Entonces qué duda hay? Conceição, ¡eres tú!
—No, no es mi ropa, no es mi cara, no me reconozco, no puedo ser yo. Perdona, voy a salir a fumar, necesito un cigarrillo.
 Conceição vuelve a la sala de profesores dos minutos antes del timbre de la clase. João ya no está, pero encima de los dictados está el libro, abierto en la foto de “a menina do bairro de lata”.

*  *  *

Conceição no puede dormir. Se levanta y lleva el libro a la mesa de la cocina. Mira todas las fotos. Emergen imágenes de una niñez olvidada. Tiene frío. Pero el frío que siente no es el frío de comienzos de otoño en Coimbra, sino el de un invierno parisino en una casa de lata.
Lorena entra a la cocina, bosteza, se refriega los ojos.
—No puedo dormir —dice. —La entrevista de mañana me pone nerviosa.
—¿Te hago un tilo?
—Mmm… Sí, necesito un tilo y mimos de madre.
Lorena se licenció hace un año en enfermería. No ha conseguido trabajo, Portugal está en crisis. Piensa en emigrar y le da pena dejar a su madre sola.
Conceição le ha dado un beso y ha puesto el agua en la jarra eléctrica. Busca el tilo seco en el armario. Lorena mira el libro abierto.
—Mamá —dice—, ¿qué haces tú en esta foto?
La madre se sobresalta.
—¿Crees que soy yo? —pregunta.
—¿No lo eres?
—No sé. El profesor de dibujo dice que sí, pero yo no estoy segura. No quiero ser yo. No quiero haber sido tan pobre. Pero yo tenía una muñeca idéntica a esa.
Lorena hace silencio con la mirada en la foto.
—¿Tan pobres eran?
Conceição suspira.
—Sí, pero yo ya no me acordaba.
—Estás sonriendo. Tal vez eras feliz. Y te tapas la boca para esconder la sonrisa, como si te diera vergüenza ser feliz. Claro, mamá, claro que eres tú. Son tus rasgos, es tu expresión.
—¿Se puede ser feliz en la miseria? —pregunta la madre.
La chica no lo piensa.
—¡Claro que sí! —dice.
Y Conceição siente que algo se le afloja en el pecho y la invade una inmensa sensación de alivio.

3 comentarios:

Guillermo dijo...

La verdad, es algo que se me ha pasado por la cabeza alguna vez viendo a esos niños, siempre con la sonrisa pintada en la cara, jugando con artefactos primitivos construidos por ellos o sin nada; dando patadas al balón con los pies descalzos.

Me inquieta que la vergüenza más grande sea haber sido infeliz. Este relato muestra lo que es la verdadera medida de la riqueza.

Gloria Algorta dijo...

Guille, gracias por la visita!!
Yo creo que la historia real es increíble, a mí me impactó y de ahí salió el texto. Como ahora me dedico también a la fotografía...

Creo que no es vergüenza, que es angustia, pero lo mejor es que te inquiete algo (para mí como autora).

Un abrazo!

Guillermo dijo...

Pues sí, angustia, mejor me lo pones para que me guste el relato, porque es una sensación que, personalmente encuentro más indescriptible y con más tonos, que la vergüenza.

Es un placer perderse por aquí.